<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-4169572233425468837</id><updated>2011-11-27T16:56:00.853-08:00</updated><title type='text'>El ADN de Dios</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://adndedios.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4169572233425468837/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://adndedios.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Macario Polo Usaola</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10795462877571132965</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>4</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4169572233425468837.post-7923728055031936818</id><published>2009-10-27T01:30:00.000-07:00</published><updated>2009-10-27T01:32:32.738-07:00</updated><title type='text'>Capítulo III</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif; font-weight: bold;"&gt;Bruselas, Bélgica&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; Johan Alpha, consejero ejecutivo de Inside Health Pharmaceutical Laboratories, charlaba telefónicamente desde su despacho, en la sede central de la compañía, con el Coordinador de ministros de Sanidad de la Unión Europea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—¿Estás utilizando el teléfono que te proporcionamos? —preguntó Johan.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Sí, ese mismo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—La línea es segura —le dijo—, así que puedes hablar con tranquilidad. Nadie nos oirá.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—De acuerdo. Los ensayos están yendo bien en Europa —le informó el coordinador—. La inmensa mayoría de los europeos blancos está respondiendo bien a la vacuna y al antiviral. La recuperación de los enfermos infectados es espectacular y rápida. En África hemos lanzado el patógeno desde los aviones con la ayuda humanitaria y está causando estragos. Se han suministrado algunas dosis de los dos antivirales, pero no causan efecto. Creo que… que por fin habéis encontrado ese virus que tanto queríais.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—No hemos sido nosotros, y lo sabes —respondió el consejero, con un tono aparente de indignación—. Yo no tengo interés en aniquilar a nadie. Somos simplemente intermediarios, manufactureros, que fabricamos a medida el producto que nos han encargado. Me entiendes, ¿verdad?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Sí, disculpa.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—No te confundas. ¿Y Corea del Norte, cómo va?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Bien —informó el coordinador de sanidad—. Pyongyang ha inoculado el virus a noventa mil personas. La enfermedad se propaga rápidamente y el tratamiento blanco no actúa sobre ellos.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—¿Y su líder?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—A su líder y a sus ministros, a la policía, al ejército y a otros funcionarios esenciales se les ha vacunado con el tratamiento amarillo. Responden bien y no están contrayendo la enfermedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Un momento después colgaron el teléfono. A los pocos minutos, Johan Alpha dio las instrucciones necesarias para ordenar una transferencia desde la cuenta de la compañía a otra en dólares, opaca, creada en un banco de las Islas Caimán a nombre de la esposa del Coordinador de Sanidad. Cuando éste, compungido, regresaba esa tarde desde su trabajo en el Palacio Berlaymont de la Comisión Europea, en Bruselas, hasta su domicilio, detuvo su vehículo ante una iglesia que había de camino y, arrepentido, entró para pedir perdón a Dios y obtener el alivio de la confesión.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4169572233425468837-7923728055031936818?l=adndedios.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4169572233425468837/posts/default/7923728055031936818'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4169572233425468837/posts/default/7923728055031936818'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://adndedios.blogspot.com/2009/10/capitulo-iii.html' title='Capítulo III'/><author><name>Macario Polo Usaola</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10795462877571132965</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4169572233425468837.post-6498108260677667403</id><published>2009-10-09T02:19:00.001-07:00</published><updated>2009-10-09T02:21:55.587-07:00</updated><title type='text'>Capítulo II</title><content type='html'>Mi cuñado no había dormido nada cuando, instantes antes de que sonase el despertador de mi hermana, se sentó junto a ella en un borde de la cama y comenzó a acariciarle la cara. La besó en la cara y apagó el aparato, para que su estruendoso pitido no viniera a realizar la labor de la que él mismo ya se estaba encargando. Claudia despegó los ojos y miró a su marido, y empezó a recordar los sucesos de la víspera, más propios del sueño del que empezaba a despertarse que de la realidad a la que regresaba. Se incorporó un poco, apoyándose sobre los codos, y comprendió entonces que la vivencia era auténtica. Se besaron, se abrazaron, y ella permaneció así un momento, dejando él que sus lágrimas mo-jaran su hombro. Él, entonces, la separó de sí, y le explicó lo que había leído por la noche, y le contó que había escrito a Alex, el compañero al que había conocido en el congreso, porque era coautor de los correos que se cruzaban con ese terce-ro al que no conocían. &lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;● ● ●&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;Mi cuñado y Alex trabajan muy cerca. Uno en Boston, otro en Cambridge, ciudades donde respectivamente también trabajan, separadas por un río pero unidas por muchos puentes. Se citaron en el lobby del hotel Park Plaza, en Ar-lington Street, próximo a la famosa taberna Cheers, dada a conocer en todo el mundo por la serie de televisión. Una vez se encontraran, optarían por uno de sus restaurantes.&lt;br /&gt;—Cuéntame —le dijo—, qué es eso que querías pero no has podido decir-me.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4169572233425468837-6498108260677667403?l=adndedios.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4169572233425468837/posts/default/6498108260677667403'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4169572233425468837/posts/default/6498108260677667403'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://adndedios.blogspot.com/2009/10/capitulo-ii.html' title='Capítulo II'/><author><name>Macario Polo Usaola</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10795462877571132965</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4169572233425468837.post-5897632637582364179</id><published>2009-09-27T11:38:00.001-07:00</published><updated>2009-09-28T00:26:34.485-07:00</updated><title type='text'>Capítulo I (continuación)</title><content type='html'>&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"&gt;Mi cuñado regresó a casa al día siguiente. Por la noche, aún desde el hotel, había hablado con mi hermana, pero no le refirió, para no alarmarla, el episodio de mi curiosa desaparición, y mientras la escuchaba desde la distancia, sintiéndose ya intranquilo por la ocultación expresa, creyó recordar que yo incluso le había contestado en las últimas fechas algún mensaje de correo electrónico, y también reenviado algún otro con algunos chistes o fotografías. Rebuscó en su ordenador cuando colgó el teléfono y vio que efectivamente era así, por lo que se quedó más tranquilo y concilió pronto el sueño.&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: Georgia;"&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"&gt;Mi hermana lo recogió en el aeropuerto cuando aterrizó. Por el camino, en el coche, hablaron de asuntos prácticos y banales, él le dio más detalles acerca de su sesión en el congreso, de ese chino que se le durmió y del europeo que le puso en apuros. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"&gt;—Al terminar coincidí —le dijo— con Alex Martines, un compañero de tu hermano. Me dijo que lleva varios meses sin saber de él, que no le coge el teléfono, aunque le ha dicho por correo que está de viaje en Europa. ¿A ti te ha dicho algo?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"&gt;—No —contestó mi hermana—. ¿De viaje en Europa? Qué raro me parece. La verdad es que hace mucho que no hablo con él. —Mi hermana buscó su móvil, deslizó con un dedo su tapa y me buscó con habilidad en la agenda del teléfono. Pulsó la tecla verde y mi compañía le avisó de que lo tenía apagado o fuera de cobertura—. Pues… no sé qué hacer —prosiguió—. Quizá debería ir a su casa y ver qué le pasa. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"&gt;Mi cuñado estaba cansado y la refrenó. «Llámalo otra vez o mándale un mensaje», le dijo. Me llamó durante toda la tarde; cada muy poco tiempo al principio, luego cada vez de forma más espaciada. Después de cenar me envió un correo electrónico, en el que me relataba el encuentro de mi cuñado con Alex y las vagas referencias que éste le había dado sobre mi paradero. Esperaron mi respuesta durante unos minutos, volvieron a insistir con el teléfono y, en vistas de que no les respondía, tomaron el coche y vinieron a mi casa.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"&gt;Abrieron con su llave, dijeron varias veces mi nombre y les llegó la luz desde el fondo del pasillo. Al avanzar por éste se mojaron los pies. En la casa se percibía la humedad de la evaporación del agua, se oía el runrún del motor del frigorífico, que se habría disparado, y me encontraron muerto, como ya he relatado, con el cuerpo bien conservado gracias al frío del aire acondicionado. Tenía, desde luego, el aspecto momificado de llevar largo tiempo sin vida, y mi hermana al descubrirme y decir una vez más mi nombre sin obtener respuesta quiso enseguida llamar a la policía.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"&gt;—No hagas nada —le dijo mi cuñado, que entró primero a mi habitación y echó su brazo hacia atrás con la mano abierta, &amp;nbsp;para que ella no accediera—. Yo no entiendo nada —añadió—, pero parece que lleva mucho tiempo muerto. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"&gt;Parecía un guiñapo, un muñeco de los que se utilizan para ensayar los choques de vehículos. Mi cuñado se acercó a mí y aproximó su mano a mi brazo, cubierto por la manga de la camisa, y apreció sobre la tela la textura de mi piel, más propia de una corteza que de la dermis humana. Observó mi ordenador, encendido, con el correo que él mismo me acababa de enviar en mi bandeja de entrada, marcado con el símbolo de que había sido respondido. Hurgó con el ratón por mis elementos enviados y halló la respuesta que yo, desde la muerte, les había redactado:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"&gt;«En efecto, estoy haciendo una ruta por varios países de Europa, así que no os preocupéis. A Alex ya le escribo y le digo que pronto regreso y retomamos el tema que tenemos entre manos. Muchos besos». &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"&gt;—¿Qué ves? —le preguntó mi hermana.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"&gt;Mi cuñado no supo qué decir. Titubeó un instante.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"&gt;—Pues… nada, no sé, que nos ha respondido al correo que acabamos de enviarle.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"&gt;Mi hermana se acercó a la pantalla y leyó la respuesta. Se giró y me miró, se acercó más a mí, como comprobando si mi cadáver era yo en efecto, o un doble de mí mismo. Me tocó la cara, me preguntó que si era yo, retomó la idea de avisar a la policía. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"&gt;—Espérate —le dijo él. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"&gt;Sobre mi mesa se encontraban los últimos papeles con los que había trabajado: un artículo enviado a una revista científica para cuya aceptación se me habían sugerido algunos cambios, con renglones subrayados y anotaciones al margen, manuscritas todas con el bolígrafo que ahora reposaba en el suelo cerca de mi mano, y los comentarios de los revisores, impresos todos en unos cuantos folios grapados y ubicados también sobre la mesa, junto al mismo artículo que comentaban: “Estudios empíricos sobre la confirmación del Test de Turing”, se llamaba.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"&gt;—Vamos a dejar las cosas como están —dijo mi cuñado—. Vámonos a casa y pensamos algo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"&gt;Imposibilitada por las circunstancias para tomar decisiones, mi hermana accedió. Él recogió el artículo y los comentarios y, cuando iban a salir, el ordenador produjo un breve sonido que anunciaba la llegada de un nuevo correo: “Re: ADN de Dios”, rezaba su asunto. Para su asombro, mi ordenador abrió espontáneamente el mensaje, deslizó la barra de desplazamiento hacia abajo para leerlo por completo y, sin aparente intermediación de nadie, pulsó el botón de responder y redactó una nueva contestación perfectamente coherente, que añadió a la larga retahíla de mensajes y respuestas que traía encadenadas. Mi cuñado aguardó a que terminase el proceso, buscó por mi mesa un pincho de memoria y guardó en él los últimos correos que yo había enviado y que había recibido. Luego, cerraron la puerta de la habitación y se marcharon, llevando consigo la copia de mis mensajes, mi artículo y los comentarios de los revisores.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"&gt;Durante el regreso a su casa apenas hablaron. Mi hermana iba nerviosa y no estaba segura de haber hecho bien. Sentada en el asiento del copiloto, fue todo el camino con las rodillas juntas y las manos entre ellas; mi cuñado guiaba con una mano su coche automático y mantenía cogida con la otra las de ella. Él, más templado en esa circunstancia, la convenció de que había obrado bien, de que al día siguiente podrían volver a la casa y denunciar el hecho. Ella se tomó unas pastillas para dormir y se metió en la cama. Mi cuñado se quedó despierto y estudió mi material. Me escribió un correo: «Ya me ha dicho tu hermana que estás por Europa. Disfruta de tu viaje. Un abrazo». Le contesté a los pocos minutos a pesar de la diferencia horaria entre América y Europa, donde el día aún no despuntaba, entre la vida y la muerte, donde el día no despunta nunca. Sorprendido, me escribió otro, y yo otro, y pensó que acaso un &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;hacker&lt;/i&gt; había tomado el control de mi ordenador y que era ese pirata quien le estaba respondiendo. Con esta disquisición comenzó y se enfrascó en la lectura del artículo. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="margin-bottom: 2.5pt; margin-left: 0cm; margin-right: 0cm; margin-top: 2.5pt; text-align: center;"&gt;● ● ●&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; De su estudio, mi cuñado recordó que el Test de Turing es una prueba que ideó, a mediados del siglo XX, el matemático inglés Allan M. Turing, y que desde ese momento se ha adoptado como la forma de decidir si un computador es o no inteligente. La idea pasa por que un observador humano converse con un computador; si el observador no es capaz de discernir si el interlocutor que le está contestando es una persona o una máquina, entonces se dice que el sistema está dotado de auténtica inteligencia artificial. La idea de programar un sistema que superase este test me había obsesionado desde mi época de estudiante. Cuando terminé la carrera comencé el doctorado, pero tuve que adaptarme a las líneas de investigación de mi director de tesis, próximas al razonamiento computacional y a la producción artificial de conocimiento, y terminé una tesis sobre construcción, representación y deducción de conocimiento y de hechos, temas todos éstos que no llegaban a converger con la superación del Test de Turing. Me dediqué entonces a este problema durante mi tiempo libre, en mis ratos de asueto que no eran tales, sino que eran la dedicación exclusiva a trabajar en este desvelo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Los años de estudiar, programar, equivocarme, corregir y enmendar me llevaron, pasado un tiempo, a la consecución de un sistema que llegó a engañarme. El sistema se apoya en mi base de datos personal, en donde almaceno, adecuadamente categorizada, toda, absolutamente toda, la información que concierne a mi vida: mi agenda con mis citas personales y mis clases, mi correo electrónico, los textos que escribo (sean científicos o no), los programas de ordenador que yo escribo, pero también información sobre mis gustos, apuntes autobiográficos, un resumen diario de mi actividad, todo ello debidamente indexado e interrelacionado, y que se procesa y manipula con complejos analizadores sintácticos y técnicas modernas de traducción automática que aplicaba no a la conversión de textos entre idiomas, sino a la producción de nuevo conocimiento acerca de mí mismo, hasta tal punto de que a veces mi sistema deducía y me informaba de situaciones o hechos, profesionales o íntimos, que yo incluso desconocía, pero que se revelaban auténticos. De este modo, teniendo ya implementadas las estructuras de datos y los algoritmos necesarios para representar mi vida, dediqué los últimos tiempos a desarrollar el sistema de respuesta automática, que elaboraba texto coherente a partir de mi base de datos, de mi base vital, de manera tal que lo probé inicialmente conmigo mismo durante un año, enviándome correos a mí mismo y dejando que el propio sistema me respondiera, y así le detecté pequeños errores e incongruencias. Lo reprogramaba, lo corregía, le hacía ver al propio sistema que se había equivocado y que debía rectificar, hasta que un día no le encontré fallos y consideré que este alter ego cibernético era suficientemente listo, quizás más listo que yo, y comencé a confiar en él y a dejar que se dirigiera, sustituyéndome y suplantándome, a mis compañeros de departamento, a mis escasos amigos, a mis familiares. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Todo esto lo explicaba en el artículo y, obviamente, incluía así mismo detalles técnicos sobre el diseño del sistema, de su estructura y comportamiento, de su capacidad deductiva y de autorrecarga, de su facultad para aprender de mí y también de sí mismo, hasta el punto de que, en las conclusiones que cerraban el artículo, señalaba que en algún momento lo había dejado a él solo que avanzara autónomo, sabiendo ya más que yo de mi propio trabajo, aprendiendo cosas que yo no sabía, reestructurándose, modificando sus algoritmos y sus estructuras, y señalaba al final que, si yo falleciese, nadie sería capaz de determinar que yo había muerto, porque el sistema imitaba a la perfección mi forma de ser y de trabajar, de estudiar, de contestar, conocía mis tiempos de lectura de correos y también los de escritura, lo conocía todo de mí, como si fuera yo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Es posible, incluso, que estas páginas no las haya escrito yo, sino mi sistema, que ha aprendido de mis últimos momentos y ha regenerado mi espíritu, o le ha dado la continuidad que ya me había arrebatado, otorgando al lector la ilusión o la creencia de que salen de mi pluma, más bien de mi teclado impulsado por mis manos, cuando quizá no es así, porque ya les he contado que yo estoy muerto.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; En esa noche de vigilia, mi cuñado insertó después en su ordenador la memoria en la que había guardado mis mensajes de correo: entre todos estaban los pocos que él o mi hermana me habían enviado y mis correspondientes respuestas, y también, claro, el que alcanzó mi ordenador cuando él y mi hermana acababan de descubrir mi cuerpo sin vida. Este mensaje era bastante extenso, porque en él se incluía la historia completa de la conversación, que se iniciaba con un correo inicial al que, progresivamente, Alex, yo y un tercero identificado por una anónima dirección de correo&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt; &lt;/i&gt;compuesta de letras y números, le habíamos ido añadiendo más y más respuestas. Mi cuñado lo leyó absorto e incrédulo, dos veces al menos desde el final al principio, en este orden para tener la visión temporal que correspondía a la secuencia real de escritura. “ADN de Dios”, decía el mensaje que iniciaba la cadena, y en él y en los que lo habían seguido se daba cuenta de la presencia de ADN humano en el pan ácimo una vez se consagraba, que estaba sin embargo carente de él antes de la celebración del Sacramento. De este, modo, se afirmaba que lo que en efecto se tomaba en la misa en el momento de la Eucaristía era el verdadero Cuerpo de Cristo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Creo que mi cuñado nos tomó inicialmente por locos, por descerebrados, pero le vino a su memoria la imagen reciente de mi cuerpo en conserva y, quizá atribuyendo mi muerte a alguna consecuencia extraterrenal, comenzó a creer que acaso el correo tuviera algún viso de autenticidad. A esas horas intempestivas de la madrugada, mi cuñado escribió a Alex: se identificó y le explicó que tenía un asunto importante del que hablarle, le preguntó que cuándo podían verse y le dejó el número de su teléfono móvil.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4169572233425468837-5897632637582364179?l=adndedios.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4169572233425468837/posts/default/5897632637582364179'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4169572233425468837/posts/default/5897632637582364179'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://adndedios.blogspot.com/2009/09/capitulo-i-continuacion_27.html' title='Capítulo I (continuación)'/><author><name>Macario Polo Usaola</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10795462877571132965</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4169572233425468837.post-4636913178575315615</id><published>2009-09-20T02:17:00.001-07:00</published><updated>2009-09-20T02:19:20.976-07:00</updated><title type='text'>Capítulo I</title><content type='html'>&lt;p class="Lugar" style="text-align: center;"&gt;&lt;b&gt;Cambridge, Massachusetts, Estados Unidos&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;            &lt;/span&gt;Cuando mi hermana y mi cuñado entraron a mi casa, encontraron mi cadáver en un aceptable estado de conservación, obviamente rígido por los tres meses que llevaba muerto, tumefacto, amarillento, sentado en mi butaca ante el ordenador con los ojos muy abiertos y los brazos y piernas estirados, las manos extendidas, un bolígrafo en el suelo bajo una de ellas, la piel recogida en arrugas de cierto grosor, como de viejo, que aparentaban ser maleables si fueran pellizcadas pero que, al tacto improbable de algún curioso, el rigor mortis revelaría entumecidas y duras. El aparato de aire acondicionado, que había contribuido a preservar mi cuerpo casi incólume, mantenía la estancia a muy baja temperatura, y la garrafita de agua mineral que utilizaba para ir recogiendo el agua que expulsaba el aparato se encontraba rebosada, de modo que mis parientes se mojaron los pies antes incluso de abrir la puerta de la habitación en la que me hallaron, como la señal inequívoca de que algo malo había pasado, una llamada telefónica a mitad de la noche, un coche conocido que se encuentra volcado en la cuneta de un camino habitual. Fue en ese momento cuando ella se temió lo peor, aunque él la tranquilizó diciendo que no, que no podía ser, que yo le había contestado, a él y a ella misma, diversos correos electrónicos en fechas recientes, por lo que no tenía sentido el comentario de Alex, mi compañero de departamento, con quien mi cuñado había coincidido en el último congreso sobre Biomedicina. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:35.4pt"&gt;Se conocieron casualmente, en un corrillo de un &lt;i style="mso-bidi-font-style:normal"&gt;coffee-break &lt;/i&gt;entre sendas sesiones paralelas en las que ambos acababan de presentar algunos resultados de sus últimos trabajos de investigación. Los asistentes a sus respectivas comunicaciones les preguntaron por sus trabajos más tiempo del habitual, más que a sus predecesores, a los cuales dedicaron menos atención o bien les habían despertado menos interés, y espabilaron o se ensañaron con Alex y mi cuñado, que expusieron en el último lugar, consiguiendo que ambos abandonaran sus salas cuando ya lo habían hecho todos, después de recoger sus papeles y sus ordenadores portátiles, algo abrumados por la excesiva virulencia de las objeciones que alguno de los congresistas les había planteado. Se encontraron los dos saliendo de dos aulas enfrentadas, topándose el uno como el reflejo del otro, haciendo un esfuerzo por abrirse la puerta y sostener sus bártulos, repartidos entre el maletín del ordenador y debajo del brazo, los pelos revueltos, la chaqueta torcida, semidescolgada de un hombro; se saludaron sin conocerse con un gesto de alivio, de resignación, de ya pasó, y entonces se acomodaron junto a una mesa alta y se sirvieron un café uno, un zumo el otro, un &lt;i style="mso-bidi-font-style:normal"&gt;croissant &lt;/i&gt;pequeño los dos, y se presentaron y llevaron su conversación por unos derroteros en los que terminaron hablando de mí.&lt;s&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/s&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:35.4pt"&gt;—Lleva varios meses sin aparecer —le dijo Alex—. Le he llamado por teléfono pero no me contesta. Sí que me ha dicho, por correo electrónico, que está en una estancia en Europa. Pero nadie del departamento, ni el director, estaba al corriente de ello.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent:35.4pt"&gt;—No sabía yo nada de que estuviera por ahí. Lo hablaré con mi mujer, creo que ella tampoco está al tanto. De todas maneras, Ernest viaja mucho; siempre está por ahí, arriba y abajo. No me extraña que no nos lo haya dicho, ni siquiera a Claudia, su hermana, mi mujer. &lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4169572233425468837-4636913178575315615?l=adndedios.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4169572233425468837/posts/default/4636913178575315615'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4169572233425468837/posts/default/4636913178575315615'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://adndedios.blogspot.com/2009/09/capitulo-i.html' title='Capítulo I'/><author><name>Macario Polo Usaola</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10795462877571132965</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry></feed>
